
A mi muy bien amada, muy bien conocedora y muy buena critica: Margarita, para que sepas que ya ando mejor. Una vez te escribí un cuento, tu amiga lo botó, la verdad a mi me dolió, era una pendejada, pero lo había hecho con amor, aquí va otro a ver si de esta manera no se pierde.
Era de esperar que al salir a ella se le quedarían las llaves adentro, otra vez, por tercera vez esa semana, por octava ese mes (era fin de mes) y fue ahí cuando Sebastián al fin dijo: “Algo no anda bien con mi Margarita”. Le tomó tiempo llegar a la conclusión, ella no era tan fácil de entender, a primera vista, al parecer, es una chica normal, como las demás, sí claro tiene un encanto que apela llamar la atención, pero hay muchas mujeres “perfectas” por ahí en las calles que si uno en verdad les dedicara el tiempo que se merecen a todas, no habría espacio para pensar en cosas mas importantes; no, con Margarita se necesitaba salir y hablar unos días, para finalmente caer rendido ante la verdad: Ella es en verdad perfecta.
En principio no despertaba sospecha su cambio, cuando empezó con lo de la brujería no se le hacia raro, siempre había creído en los astros y el tarot, a Sebastian no le molestaba esto, no le importaron las runas y las velas, cuando las ranas aparecían enterradas muertas con papelitos enrollados en la boca, le empezó a despertar la preocupación. No le comento a nadie, igualmente en todos los años que llevaban juntos, ella siempre había cedido en sus caprichos; el auto, el perro, el sofá; teniendo ella fama de ser muy estricta en sus gustos, nunca le negó comprar una SoHo, nunca le prohibido el fútbol a las seis con el Gordo y el Matías, que eran muy cochinos y dejaban la mesa desorganizada, motivos que tuvo en cuenta Sebastian para calmar su propia estupefacción y decir: “Ya viejo, calmaté”.
Y bueno, las ranas no estaban tan mal, es mas, con todo eso del precio de la luz en estos días, Sebastian declaraba con orgullo que los cristales y velas que su Mujer había instalado al rededor de la casa eran en verdad un acto de conciencia ecológica y económica, ademas de ser el ultimo grito de la moda: “¿No viste usted Señora Martínez un saco de piel de Mink? mi esposa viste un sombrero de cabeza de perro, para mí que son lo mismo” En verdad las cosas empeoraron en ese momento, la Sra. Martinez no era persona fácil de tratar, y se empeño en una ofuscada y obstinada campaña para hacer quitar todos los gatos muertos del patíbulo improvisado en el patio. Margarita, mientras tanto, solo reía, pasaba las tardes recitando, conjurando hechizos para la paz del mundo y cocinando su ultimo atrevimiento culinario: Pastel de manzana, pasaba la mañana haciendolo, meticulosamente, inspeccionando, midiendo, cambiando, todo en su perfecto estado, para que fuera hermoso de principio a fin, el resultado era de esperar de alguien como ella, un pastel perfecto, cuando ya estaba listo, lo tomaba y bailaba con el por toda la casa, sonriendo y cantando.
Este ritual no podía conmover mas a Sebastian, que la amaba demasiado, había prometido cuidar de ella, se dijo a si mismo un día, convencido que no la merecía, que haría todo lo que en su poder estuviese para ser lo que ella necesite, por lo tanto, era su deber defender a su mujer de los arrebatos obsesivos de la Señora Martinez (babosa cincuentona sin hijos ni marido, tampoco diploma de primaria que dedica sus días a colaborar en la parroquia y hacerse mas ahijados que le compren ropa) lo cual, le seria imposible, ya que, como sabemos, los tipos tiernos son pobres diablos a los que el cerebro no parece querer hacer las paces con el corazón y no logran ponerse deacuerdo en una meta. Sebastian no tenia ni idea de Burocratas, y ni squiera vio cuando la Señora Martinez le tendió una trampa haciendole firmar “un documento aquí, otro acá...” Afligido, se fue escondido a su cuarto a llorar.
Margarita, que en realidad le fastidiaba que la gente llorara, porque en el fondo a ella le daban ganas, decidió entonces que era hora de poner sus cartas en el asunto y, sin que se diera cuenta Sebastian, tomo un muñeco vuduh y un habano MonteCristo, a la Señora Martinez no le iria bien desde entonces.
Nadie se explica como, de repente, los roedores invadían el patio de la señora Martinez, todos los balones de los niños llegaban a sus ventanas, como se incendia el garaje, como se daña el agua, ni como de la nada a todos los perros les entraba por hacer sus necesidades únicamente en su patio. Todo esto carecía de significado por si mismo, y la Señora Martinez cometió el error de atribuirle todos sus males al patíbulo de los gatos colgados, fue entonces cuando Margarita decidió ser mas directa.
Una noche, tomo un gato, le susurro algo al oído, el gato se paro erguido y camino hasta la puerta de la Señora Martinez, toco (muy elegante) y fue atendido con sorpresa, al cabo de dos cafés y unas galletas el gato se volvió enfático:
-Mire Señora Martinez, no tengo nada en contra de usted, pero eso de andar queriendo profanar cementerios no se me hace muy decente, ¿sabe usted lo que hace ese patíbulo por este barrio, por usted, por el país entero? si no fuera por el las cosas se hubieran salido de control desde mucho antes, por eso le suplico, que si disfruta del aire limpio, deje ese patíbulo en paz.
El gato nunca volvió. Pero el patíbulo fue dejado en paz, es probable pues que ahora le haga compañía en esa casa, de la que no ha vuelto a salir. Margarita, melancólica de su gato se encontraba triste y aislada, como en otro mundo, y dejaba las llaves dentro de la casa, no era un problema, ella podía sacarlas sin abrir la puerta y disimulaba su tristeza.
Fue solo después de un mes de esta rutina, que Sebastian cayo en cuenta: “Algo no anda bien con mi Margarita”
No hay comentarios:
Publicar un comentario