Todas gritan despavoridas.
Su mundo reducido a nada, en instantes, sin previo aviso, sin motivo alguno, todo lo que daban por cierto, bueno y necesario, de repente se inunda, a diferencia de las grandes gotas que se precipitan a altas velocidades desde el cielo, este es un flujo inmenso y continuo, implacable, arrastrando todo a su paso, inundando el lugar donde dormías, donde comías, donde por primera vez caminaste, y todos aquellos que conocías están muriendo ante tus ojos sin poder hacer nada, y tu, herido y adolorido, torturado hasta el punto de la infamia observas todo con desesperación y sabes lo inevitable e inminente de tu fin adyacente a solo unos segundos.
Debe ser porque no te podemos escuchar, que nos encanta hacerlo desde niños, sin mas motivo que el aburrimiento, se vuelve una necesidad: matar hormigas. Y en inútiles intentos defensivos ustedes nos pican, solo empeorando nuestras relaciones diplomáticas. Igual a nadie les importa, a nadie estorban sus muertes (mas bien alegran), y no son nada trágicas, no es como matar un caballo a golpes o colgar un cerdo, no hay nada trágico en la destrucción del micro mundo, mas que un magnicidio es un molk, no hay timbales, pero a nadie desagrada, y solo hay una gratificación simbólica: La esperanza que todo esta bien. O por otro, no es tan complejo, una vez solo quería ver si se electrocutaban, no lo hicieron, años mar tarde me dijeron que era debido a la conformación química de su exoesqueleto, el cual no conduce la electricidad.
Mi nombre es José Vanegas, y llevo 10 años sin matar una hormiga.
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